
La tierra como único patrimonio
Considerada el ecosistema de mayor biodiversidad en el planeta Tierra, la selva tropical del Amazonas viene siendo amenazada desde hace años por la deforestación, los incendios, la explotación de minerales y el emplazamiento de emprendimientos inmobiliarios. La Amazonia venezolana, situada al sur de dicho país, no está exenta de la destrucción y el saqueo que sufre la selva en toda su extensión, repartida entre nueve países sudamericanos (Brasil, Colombia, Ecuador, Guayana, Surinam, Guayana Francesa, Perú, Bolivia y Venezuela). Afrentas que, además, ponen en riesgo la vida y los derechos de las comunidades indígenas que en ella habitan.
Los yanomamis han sido uno de los grupos aborígenes más arraigados y aislados dentro de la Amazonia venezolana. Poseen entre sus tradiciones la de vivir en comunidad, por eso llaman a su vivienda shabono, palabra que refiere al patio interior central alrededor del cual cada familia construye su habitación. Son de hábitos seminómadas y subsisten mediante la caza, la recolección y diversos trabajos agrícolas. Cuentan con su territorio como único patrimonio y medio de vida, ambiente que aloja además sus mitos, creencias y prácticas culturales.
Las comunidades yanomamis habitan desde hace 1.000 años la región de la selva amazónica ubicada alrededor de los ríos Orinoco y Parima. Rodeada de colinas, el área es benévola para la presencia humana: no hay exceso de frío ni de calor, nunca falta el agua, tampoco hay inundaciones ni grandes catástrofes naturales.
Sin embargo, desde hace unos 30 años, han sufrido cambios en la ubicación de sus poblados debido al acercamiento de la «civilización». Esto se debe a que, por décadas, los territorios fértiles y ricos en minerales de los yanomamis han sido buscados por intrusos que los explotan para la extracción de oro y la producción maderera, entre otros proyectos. Ciertas costumbres adoptadas de los forasteros alteran el modo de vida de la tribu. Ejemplo de ello es que comenzaron a cambiar los shabonos por cabañas individuales, donde el sentido de comunidad pasa a segundo plano. También a usar prendas vestir propias del «hombre blanco», para las cuales su cuerpo no está adaptado, lo que les provoca infecciones en la piel. Las intromisiones trajeron además brutales epidemias: cerca del 20% de la población yanomami –exactamente 1.500 indígenas– murió por las nuevas enfermedades llevadas al área por los trabajadores provenientes de las ciudades. Patologías a las que no eran inmunes, como la malaria, la tuberculosis o la viruela, invadieron los cuerpos de la población. Muchos otros fueron asesinados por los buscadores de oro brasileños, conocidos como los «garimpeiros».
El gobierno venezolano ha fallado en su obligación de proteger a los yanomamis de estos ataques sistemáticos a su integridad como pueblo. Para 1990, sólo el 30% del total del territorio reconocido como propio de la tribu estaba protegido contra intrusos ilegales, el 70% restante fue expropiado de su control en función de hacer las tierras accesibles para la explotación mineral. En la actualidad, existen aproximadamente 26.000 indígenas yanomamis viviendo en las tierras fértiles de los ríos Orinoco y Amazonas, a lo largo de la frontera brasileño-venezolana. La violación de los derechos humanos de estas comunidades en su propio territorio es una problemática que representa unos de los grandes desafíos socioambientales del milenio que recién comienza.
Informe y fotos: Diego Martínez
 
Comunidad en peligro.
Cuando la tierra es el refugio.
Publicado ACCION en defensa del cooperativismo y del país, en la edición 1018, Enero 2009
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